el valor de la comunicacion

Una historia del valor de la verdadera comunicación

Por el mes de Junio conocí a Alfonso Pérez Azcárate en el congreso de Expertos de Barcelona, un hombre que se dedica a entrenar a directivos y directivas en habilidades de comunicación; y hace poco tuvimos una charla muy interesante por skype a cerca del valor de la comunicación en las empresas y en las personas.

Le pedí que si podría contarnos alguna historia acerca de lo que él ve en su día a día y nos ha enviado la historia de María, una mujer a quien ascienden en su trabajo y lo que en un principio parecía algo muy esperado enseguida se convirtió en algo inesperado…

Aquí os dejo la historia, ¡Gracias Alfonso!


EL EJEMPLO DE MARÍA, COMUNICACIÓN Y LIDERAZGO

María llegó a su despacho antes de lo habitual. Era el primer día es su nuevo puesto. La acababan de nombrar directora del departamento. Por fin había llegado su oportunidad. Tras diez años en la empresa, se habían fijado en ella, contaban con ella. Era el momento que llevaba años esperando. Era la ocasión para demostrar toda su valía.

María tenía bajo su responsabilidad un equipo de nueve personas. Las conocía muy bien. Había trabajado con ellas los últimos cinco años. El nombramiento había sorprendido dentro del departamento, pero enseguida vinieron todos a felicitarla.

La relación con el anterior director había sido “complicada”, por decirlo así y María estaba dispuesta a que las cosas cambiaran. El haber formado parte del equipo y el tener una buena relación con todos, eran dos puntos a su favor. Tenía muy claro que cosas habría que cambiar y como ejercer un liderazgo cercano y amigo.

Las primeras semanas se pasaron volando, pero conforme el tiempo fue pasando su desmotivación y frustración fueron creciendo.

La carga de trabajo no fue la causa. Ella estaba preparada para eso y para mucho más. Lo que realmente sorprendió a María fue la actitud de su equipo. Desde que la habían nombrado directora del departamento, la buena relación que tenía con sus compañeros, se había deteriorado. Ya no le contaban, como antes, los cotilleos. Ni le avisaban para ir a tomar café a media mañana. Tampoco contaron con ella para alguna de las cenas que organizaban los fines de semana.

Por otro lado, María se había tenido que enfrentar con algunos de miembros de su equipo. Siempre por motivos de trabajo. Ella tenía muy claro cuál era su función y las responsabilidades del departamento, y ahora, desde su posición, veía como, en ocasiones, no se hacía el trabajo como ella consideraba que debía de hacerse. Tenían que entender que ahora ella era la responsable de que todo funcionara bien y ella era la que marcaba cual era el camino a seguir. Sentía que no la escuchaban. A veces, parecía que la veían como una compañera más; otras, en cambio, percibía una distancia insalvable entre ella y el resto del equipo.

¿Qué estaba ocurriendo? ¿Cómo podía haber cambiado la buena relación con sus compañeros en tan poco tiempo? ¿Por qué, a veces, no la tomaban en serio? ¿Por qué cuestionaban sus decisiones? ¿Por qué ya no hablaban con ella? María se sentía desconectada de su equipo.

Tardo un tiempo en darse cuenta del problema. En realidad, no era un problema, era un cambio de percepción. Nadie le había preparado para esta parte de su trabajo. Quizás la reacción de su equipo no era tan extraña. La respuesta fue fácil. María ya no era una compañera más, ahora ella era “la jefa”, con todo lo que conlleva ser “jefa”.

Nadie le había preparado para esto. Al menos para la parte de cómo relacionarse con su equipo desde su nueva situación. Ella era una buena profesional. Durante años se había preparado y había trabajado muy duro. Conocía perfectamente los entresijos del departamento. Tenía muy claro cuál era el camino a seguir. Pero frente a todo el conocimiento profesional, nadie le había enseñado como relacionarse y gestionar a un grupo de personas que están bajo su responsabilidad. Aquellos que habían sido sus compañeros y ahora eran sus subordinados. Pese a querer mantener una actitud cercana y amigable, se había dado cuenta que a veces se mostraba dura e intransigente. Comenzaba a parecerse a su antiguo jefe y eso no le gustaba. Reaccionaba como había visto y aprendido de su jefe. Al fin y al cabo la responsabilidad de que todo funcionara era suya. La que se jugaba el puesto era ella.

Lo que le estaba pasando a María es algo muy habitual. Durante años nos preparamos para ser buenos profesionales y progresar en nuestro trabajo. Pero nadie nos enseña, ni nos preparamos para afrontar y gestionar el cómo relacionarnos con nuestros compañeros, jefes o subordinados. Generalmente, acabamos por imitar lo que hemos aprendido observando a los que tenemos más cerca: nuestros padres, profesores y ya en nuestro trabajo nuestros jefes.

¿Por qué María no logra conectar con su equipo?

En primer lugar, nadie se lo ha enseñado, por lo que acaba optando por conductas aprendidas con la experiencia y el tiempo. Estas, no son siempre las más adecuadas.

En segundo lugar, toda su formación y experiencia han estado enfocadas a ser una excelente gestora de recursos, no de personas.

Y en tercer lugar, la comunicación es algo tan cotidiano y natural en nuestra vida, que no le damos la importancia que se merece. Nos preocupamos más por lo que decimos que por como lo decimos. Por lo que decimos que por lo que nos escuchan e interpretan. La rutina del día a día, los clientes, los objetivos, los problemas, las reuniones y todo lo que rodea y compone nuestro trabajo, nos absorbe de tal manera que olvidamos comunicar, conectar, escuchar, entender a los demás. Como María, somos egoístas. Pensamos en nuestra función y responsabilidad, en quedar bien, en cumplir con lo que nos han asignado. No solemos pensar en los demás como “personas” iguales a nosotros, sino como miembros de un equipo que tiene unos objetivos que cumplir y hacer lo que digamos ya que, como no, es nuestra responsabilidad.

¿Cómo podría María “reconectar” con su gente, con su equipo?

Desarrollando y mejorando sus habilidades de comunicación. Trabajando su inteligencia emocional. Desarrollando su capacidad de percepción y persuasión. Desarrollando su escucha y su asertividad. Preocupándose por conocer a cada una de las personas de su equipo como personas, no solo como subordinados. Sus fortalezas y debilidades. En qué es realmente bueno cada uno de ellos. Cuál es la mejor aportación que puede hacer cada uno al equipo. En resumen aprendiendo a comunicarse y haciendo equipo.

Al fin y al cabo un buen líder es como un director de orquesta. Además de ser un maestro en música, conoce cada uno de los instrumentos a la perfección y sabe sacar el mejor sonido de cada uno de ellos para que todos suenen en harmonía. Y tú, ¿Estás “conectada” con tu equipo?

 

 

Alfonso Pérez Azcárate

info@apazcarate.com 

www.apazcarate.com

 

 

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2 comentarios
  1. Ana Bizarro
    Ana Bizarro Dice:

    ¡Buenos días amigos!

    Como mujer, empresaria y emprendedora bloguera (me chifla la comunicación) me gustaría contestar a tu pregunta, Alfonso.

    Estoy conectada con mi equipo. Lo que más me ayudó fue contratar a un coach para descubrir que la que tenía que cambiar era YO. 5 años después es un tema resuelto: me conozco, me respeto y me quiero. Y eso es lo que intento transmitir a mi equipo: que se conozcan, que se respeten, y que se quieran. Yo estoy encantada con ellos, y ellos lo están conmigo.

    Conozco personalmente a Carmen, y es una coach para empoderar a mujeres que contrataría.

    Un abrazo ¡compañeros!

    Responder
    • Carmen
      Carmen Dice:

      ¡Buenas Ana!
      Qué alegría conocer a una empresaria que sabe cuidar de ella misma y quiere lo mismo para su equipo,así es… todo cambio empieza por nosotras mismas, cuando ves y comprendes la eficacia de esto el camino se anda de otra manera…;
      Esta visión inteligente hacia el trabajo y la vida ya está siendo una realidad ¡y cuanto me alegro de poder verlo!
      ¡Enhorabuena Ana por ese paso que diste hace 5 años! eligiendo así el camino de la libertad para ti y para otros.
      Gracias por tus palabras Ana,¡Un abrazo!

      Responder

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